Domenica.
Y bien, de esto se trata, luego de que la noche sea corta y la mañana se convierte en un lugar para dormir, para dejar sobre el espacio vacío de la cama los libros, tantas páginas y letras que acompañan en el silencio, de las mañanas tan acogedoras que los ojos quieren volver al lugar de calma, de mucha calma. Hace un año salía a una ruta sin saber lo que podía esperar, camino sin mayor sentido, no imaginaba el futuro cómo es ahora, de nuevo regresando al tiempo, una tras otra las madrugas sin una sola palabra, ¿ querías leer algo? toma el tiempo necesario para leer a plenitud lo que escribo, he separado en tres el sillón rojo de mi sala para que sea algo mucho más amigable para los domingos, entre aprender nuevos significados y pensar en otro idioma para entender que los significantes mudan de forma pero te llevan a la mismas necesidad, al mismo deseo a la misma incomprensión.
He pensado mucho en lo que Blandiana escribe: "renuncio, como a un vicio, a la compasión, lamento el blanco brillo de ridículas estrellas", como en automático cuando tu mente tiene esa precisión musical para colocar los acentos, empiezas a entender que la ausencia se traduce muy bien en cualquier alfabeto, " suavemente abro las manos y acaricio fieras que hacia mi corren hambrientas. Me pesa no besar más el hocico que desgarrarme quisiera", que ausente se siente todo cuando se amanece con el adormecimiento de final de mes, de inicio de semana, es posible que sea un efecto secundario del no decir, bajos niveles de dopamina, o simplemente la mente llena de palabras que no se han podido crear, no sé que paso Blandiana en su duelo, pero es esta época del año donde las aves vienen a picotear mi ventana y cantan con voces de mi primera infancia, sonidos que recuerdo de mi pasado, solo sabía que era un cambio de estación cuando algunas aves cantaban por la mañana y algunas otras después de la lluvia, cuántas veces ha sucedido esto, no lo sé, dormir después de leer por muchas horas, esa sensación de no digerir lo que se piensa, no saber si la realidad tiene una razón de ser, dar un nombre adecuado al presente, siempre el presente donde existe todo lo que nos desagrada, la enfermedad, la duda, las preguntas no resueltas, el transito al futuro, la marca húmeda del pasado que llega profundamente al olfato.
He caminado por calles muy ausentes de personas, sin mayor sentido, con esa quietud que te hace darte cuenta que no hay mayor resistencia a la vida los domingos, donde todo se refugian en sus casas mientras esperan que el futuro les permita vivir un momento más, son esos días donde las palabras se esconden como topos en las profundidades de nuestras gargantas, porque cuando se deja que lo que vemos se acumule, nuestro viente es un estanque donde un agua espesa nos hace verdaderamente vulnerables.
Paso mis ojos después de muchos años sobre macondo y sus ríos de aguas diáfanas, esas aguas que se formaban de una lluvia, posiblemente de lagrimas de todos los nómadas que anduvieron sobre la tierra y sintieron el cansancio de sentirse sin posibilidad alguna de permanecer, como el gitano Melquiades que sabía del futuro y volvía a aquel pueblo con las novedades del día, esa que generaban un momento de incertidumbre al presente, en este presente tan lineal al que no se le encuentra el lugar donde terminará.
Mira que lejano está el cielo ahora que tus ojos no ven mi presente, ¿qué preguntas te harás?, mira que la lluvia es tan oscura, después de que tus ojos de cuarzo han decidido no verme. Vienes a mi sueño hoy, o decides permanecer en el silencio sin salida.
La edición de paradiso que he encontrado me hace pensar mucho en el pequeño José Cemi, que pueda que el libro sea muy pequeño para su mundo, como la primer edición que tuve que estaba dividida en dos tomos, justa para albergar el mundo completo, esa fiebre incurable que se gestaba al principio nos da a todos cuando comprendemos el interminable castigo que algunas veces es el presente, estoy empezando a entender la anatomía de la soledad.
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